El que ella me amaba es un hecho que nunca puse en duda, y fácilmente podía darme cuenta que, en un pecho como el suyo, el amor reinaba como una pasión poco común. Pero fue solo en su muerte que me impresionó por completo la fuerza total de su afecto. Durante largas horas, reteniendo mi mano, derramaba ante mi los excesos de un corazón cuya devoción, más que apasionada, llegaba hasta la idolatría. ¿Como me había hecho merecedor de ser tan bendecido por tales confesiones? ¿Como me había hecho merecedor de ser tan maldecido, como para que me haya arrancado mi amada en la hora en que ella me las hacía? Pero puedo soportar explayarme sobre este tema. Solo diré que en el abandono más que femíneo de Ligeia a un amor, ¡Ay!, sin existir mérito alguno de mi parte, otorgado en forma absoluta sin yo ser digno, al fin reconocí la medida de su anhelo lleno de un deseo ardientemente honesto por aquella vida que ahora huía con tanta rapidez. Es este anhelo salvaje, está entusiasta vehemencia de deseo por vivir, solo vivir, el cual no tengo el poder de describir, puesto que no hay palabras capaces de expresarlo. Creo que contemplé una vez más las espantosas luchas de su noble  y casi idealizada naturaleza contra el poder, el terror y la majestad de la gran Sombra. Pero ella murió. Aquella gigantesca voluntad sucumbió ante un poder más fuerte. Y entonces pensé, mientras contemplaba absorto su cadáver, en ese extraño pasaje de Joseph Glanvill: “Y en ello yacía la voluntad, la cual no muere. ¿Quien conoce los misterios de la voluntad y su vigor? Pues Dios no es sino una gran voluntad que penetra todas las cosas por la naturaleza de su intensidad. El hombre no se rinde ante los ángeles, ni por entero a la muerte, a no ser que por medio de la flaqueza su débil voluntad”. 

Extracto de Narraciones Extraordinarias de Edgar Alan Poe, del cuento Ligeia.

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